Sergio Villamayor: le decían ‘Forrest Gump’, casi se dedica al fútbol y ahora representará a la Argentina en pentatlón

La noche en la que se escabulló de la pensión de una escuela rosarina de fútbol para ir a un cumpleaños fue un punto de inflexión en la carrera de Sergio Alí Villamayor, un hombre que siempre ponderó la actividad física a la hora de tomar las decisiones que marcarían el porvenir de su vida profesional.

Nacido el 4 de diciembre de 1989, este militar formoseño de mirada parsimoniosa lleva recorrido un extenso camino de vida. Este año, y de hacerse los Juegos Olímpicos de Tokio, representará a la Argentina en la disciplina de pentatlón moderno; una actividad que anheló dominar a partir de los diecisiete años, y que hoy realiza con jerarquía.

Sin embargo, para llegar a este momento, atravesó varios obstáculos y quiebres de destino. Compitió en acuatlones militares y practicó equitación. Amagó con estudiar una carrera universitaria pero desistió. También probó con el fútbol, pero un malentendido con el tutor de la pensión donde vivía lo alejó, y tuvo que tomar un rumbo diferente al del mundo de la pelota redonda.

En aquel entonces estuvo a punto de ser fichado por Chacarita Juniors, en lo que fue su mayor acercamiento al profesionalismo en el deporte. Jugaba de punta para la escuelita de menores del club rosarino “San José”, de cuya cantera salieron nombres como el de Gastón Gimenez (ex Vélez) y Oscar Piris (Delfín, Ecuador).

Se define como una persona bastante responsable y estricta consigo misma. “Mi filosofía es hacer de la mejor manera todas las cosas que me propongo. Nada a media máquina. O entrego todo, o digo que no, y me abro”, revela en videollamada con este diario.

-Solés entrenar en Hungría. ¿Por qué?

-Hungría es el país con más medallas en pentatlón moderno. Allá hay muchos centros de entrenamiento, en los que tengo la posibilidad de practicar todas las disciplinas junto a otros atletas de primer nivel. Me puedo rodear de los mejores.

-Pero ahora estás en Ucrania. ¿Alguna razón en particular?

-Exacto. Estoy en Kiev, en un campamento deportivo. Ojo, no es un campamento agreste, como los que uno se imagina al oír campamento. Más bien, funciona como un centro de entrenamiento con restaurantes, gimnasios, pistas de atletismo, piletas…todo. Vine porque los atletas del equipo húngaro de pentatlón, con quienes suelo entrenar, se fueron a otro campamento en las Islas Canarias. Como no quería quedarme solo en Budapest, viajé a Kiev. En dos semanas vuelvo a Hungría.

Sergio Villamayor viajó por primera vez al país del Gulash en 2013. Allí, supo adivinar las señales que la vida aterrizó delante de sus narices. En ese caso, completamente fuera del contexto del deporte.

– Te fuiste a Hungría para perfeccionar tu técnica atlética y te pusiste de novio. ¿Cómo sucedió eso?

-Jaaa. Sí, sí. La conocí en un restaurante. Nos fuimos conociendo mientras yo entrenaba en Budapest. Ella viajó un par de veces a la Argentina…hasta que se fue a vivir allá, al año de habernos conocido. Nos casamos y empezamos a viajar de un lado para el otro. También tenemos una hija, que, por decisión nuestra, nació en Hungría.

El camino de Sergio Villamayor en el pentatlón moderno comenzó hace catorce años, en las verdes pistas de la Escuela de Suboficiales del Ejército, ubicada en Campo de Mayo. Contra el consejo de su padre, quien prefería que su hijo estudiara una carrera universitaria, Alí ingresó en las filas del Ejército, tentado por una carrera que prometía adrenalina, exigencia física, y viajes por el país. Fue allí que, inmediatamente, sus profesores notaron sus condiciones físicas y lo invitaron a formar parte de la escuadra de acuatlón, oferta que aceptó ávidamente.

Con el correr de las semanas en sus años de formación militar, Sergio se sumergió en cual actividad deportiva le fuera posible hacer, al punto que, cuando sus compañeros participaban del partido semanal de fútbol, el corría -vuelta tras vuelta- en la pista de atletismo de Campo de Mayo hasta que la caída del sol pintaba el cielo con mil tonos de naranja. “Me decían Forrest Gump”, ríe para LA NACION, en un impulso descontrolado.

Fue ahí que Villamayor puso entre ceja y ceja el equipo de pentatlón militar, para el cual invirtió mucho tiempo y sudor para poder ingresar. “Mi objetivo era el pentatlón militar, que es muy diferente al moderno (el que practica ahora). En el militar tenés tiro con fusil, lanzamiento de granadas, cross country. Nada que ver.”. Poco a poco, tejió la posibilidad de practicar esa multidisciplina, combinando disciplinas más específicas: “No tenía tiempo para entrenar pentatlón en la escuela. Solo tenía libres los fines de semana; y no todos los findes; en unos me tocaba guardia, otros no. Pero en los libres entrenaba natación y carrera”.

-¿Qué pasó en San José de Rosario? ¿Por qué te fuiste?

-Hubo un inconveniente con el tutor de la pensión por una noche en la que volví tarde. Le había pedido permiso a mi tutor -de mayor trato con mi familia- pero no al encargado de la pensión; hubo un problema de jerarquías entre ellos, y el encargado no me autorizó, pero salí igual. No me estaba yendo a una fiesta; solo fui a una cena por el cumpleaños de un amigo. Eso provocó un problema mayor, y vino mi padre. Al poco tiempo decidimos que lo mejor era que vuelva a Formosa. En esos días, me habían seleccionado de Chacarita, pero ya había decidido volver a casa.

-Entonces, volviste a Formosa e ingresaste al Ejército. Se podría decir que, gracias a ese cambio, te pudiste iniciar en el pentatlón.

-Sí. Tal cual. Conocí el pentatlón por accidente. Yo entrenaba todas las semanas, por entrenar, para estar en forma, por diversión. Hasta que me pregunté “¿Para qué entreno al pedo?”. Por lo cual, apunté a los torneos inter-fuerzas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) y empecé a entrenar para acuatlones. Con el tiempo, los acuatlones me llevaron a conocer el pentatlón (.) Mi viejo siempre quiso que yo estudie, pero a mí me gustaba el Ejército. De chico siempre iba a los desfiles, me gustaba eso…me gusta. Sentía que de esa forma podía aportar algo a mi país. Eso no significa que me guste la guerra. Soy una persona pacífica. De hecho, hoy represento a mi bandera haciendo deporte. Esa es una manera de representar al país pacíficamente.

Sobre la mitad de su aventura como aspirante a Suboficial del Ejército Argentino, Villamayor comunicó a Guillermo Filippi, entrenador nacional de pentatlón, sus intenciones de formar parte del equipo argentino para las competencias regionales que vendrían. Filippi lo vio entrenar y quiso apostar por su talento, pero la burocracia, y otros obstáculos, no permitirían que Sergio ingrese al equipo tan prontamente.

No obstante, fue invitado al Sudamericano de Río 2007, para “rellenar el plantel”. Previo a ese certamen, había realizado pentatlón moderno una sola vez, en un torneo nacional. Su buena performance produjo que al año siguiente lo inviten al mismo certamen, que se realizaría en Venezuela.

En 2009, Villamayor se graduó de la escuela de suboficiales, con la expectativa de ser oficialmente convocado para el equipo nacional de pentatlón (militar, ya que en el Ejército todavía no había un equipo de pentatlón moderno), y virar su carrera hacia el lado del deporte. Pero no pudo ser, y fue a Córdoba a cumplir funciones en su primer puesto como suboficial militar.

Fiel a su inclinación por el entrenamiento intensivo y las experiencias extremas, ingresó al equipo de paracaidismo del Ejército. Sin embargo, seguía con hambre de competir en la disciplina que, a esa altura, lo tenía obsesionado. “Ya tenía 20 años. Tenía buen estado físico, y quería llegar a un buen nivel en el pentatlón. Por eso me dije a mí mismo «entrenar pentatlón todo el día, o dedicarme a otro deporte»”.

Como un guiño por parte del destino a él y sus sueños, logró ingresar en el equipo de pentatlón militar, donde afiló sus habilidades de tiro y carrera. “Por mi cuenta practicaba equitación y esgrima, que son las disciplinas de pentatlón moderno que no forman parte del pentatlón militar”, continúa.

Luego, tras pocos meses, se creó el equipo de pentatlón moderno en el Ejército. Eso, en el futuro, lo ayudaría a ingresar al equipo nacional ya coordinado por Guillermo Filippi.

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En las frías latitudes ucranianas, Villamayor, ganador de dos medallas de Bronce en los Juegos Panamericanos de Lima, y un tercer puesto en los Juegos Sudamericanos de Cochabamba 2018, continúa con su preparación.

-¿Qué aspecto técnico te gustaría mejorar?

-Vi al campeón olímpico de Rio, Alexandr Lesun, en la cena de gala del Champion of Champions, en Catar. El tipo estaba abierto y muy piola, y le pregunté cómo hacía para mantenerse en ese nivel. Él ganó un Mundial y los JJ.OO.;y en pentatlón no es normal que alguien sostenga ese nivel por tanto tiempo. Me dijo: «¿Sabés cuál es la diferencia entre vos y yo? Lo psicológico. A nuestro nivel, y en nuestro rendimiento, la cabeza marca la diferencia». Me dijo que él lo soluciona con alcohol, pero porque es ruso (risas). En mi caso, descubrí la terapia. Con eso pude afinar mi cabeza; y eso quiero seguir mejorando.

-Antes de hacer terapia eras más irregular.

-Sí. En el 2018 estaba entre los primeros, en el Panamericano….hasta que me va mal en equitación, tras lo cual, largo como quinceavo. Recuerdo que me agarró una amargura…Ahí dije “es el momento”. Comencé a trabajar con el psicólogo en vista a Lima 2019, para afinar la cabeza. Y lo pude lograr. Fue un trabajo tremendo. Es muy difícil mantener la concentración. Entrenar la cabeza es muy difícil; hay que saber conectarse y desconectarse.

¿Qué aspiraciones tenés? ¿Te ves en el podio?

(larga pausa) -Perdón. Estaba analizando la pregunta (…) Mi idea es dar lo mejor que tengo y llegar lo más lejos posible. No me quiero poner presión ni objetivos en cuanto al puesto en el que vaya a quedar…eso lo aprendí con el psicólogo. Si me preguntás si me veo con una medalla, no lo sé. No sé si me veo con una medalla. Pero voy a dejar todo porque quiero lograr mi mejor resultado. Y para buscar mi mejor resultado, debo trabajar mucho en mi cabeza y mi físico.

Afirma que lo más importante en el deporte es el equilibrio mental, y apuesta a mejorar ese aspecto. Lo hace con la disposición enérgica que imprimió en cada desafío que plantó delante suyo. “Nada a media máquina. O entrego todo, o digo que no, y me abro”.

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